A modo de introducción

Hace muchos años que dejó de importarme lo que la gente a mi alrededor pensara de mí. En realidad, nunca me importó porque nunca establecí mis relaciones personales sobre la base del reconocimiento de los otros. Los lazos que te unen a las personas que se cruzan en tu camino a lo largo de tu vida son intangibles, invisibles, van más allá de los convencionalmente establecidos por consanguinidad o familiaridad. Pero los sientes. Son cuerdas que te hermanan a personas dispersas por el mundo y con las que llegas a compartir momentos y sentimientos únicos, mucho más profundos incluso que los que te unen con aquellas personas que están a tu lado desde siempre y con las que no compartes prácticamente nada. En una sociedad acostumbrada a las apariencias, a mostrar una cara maquillada y un cuerpo perfecto, que da más importancia a cómo dices una cosa que a lo que en realidad dices, ser libre, coherente, responsable y con principios suena raro, muy raro... Y yo, que siempre tuve la sensación de pertenecer a otro espacio, otro tiempo, a otra familia, a otro entorno.. encontré finalmente mi alma gemela en ese pequeño gran país de Oriente Medio y en sus gentes: Israel.

Dice una amiga mía psicóloga que la primera palabra que aprende un niño es la que determina su futura personalidad. No estoy muy segura de que ese razonamiento sea cierto, pero a mí me sirve. Porque, según mi madre, la primera palabra que pronuncié fue una pregunta: ¿por qué?, y, desde entonces, toda mi personalidad y mi construcción vital se organizan a partir del cuestionamiento absoluto de todo. 
Mi inconformismo intelectual, mi curiosidad por ir a las fuentes y mi sentido de la responsabilidad me llevó de forma casi natural a estudiar Periodismo y Ciencias Políticas. El mundo judío me había fascinado desde pequeña. Las respuestas que no encontraba a ese ¿y por qué?, no sólo no me satisfacían, sino que me produjeron una quiebra moral profundamente dolorosa cuando me di de bruces con la realidad de la Shoa. Mi intelecto no podía comprender cómo se negaba o se banalizaba en el contexto de una Guerra un acontecimiento sin precedentes en la Historia de la Humanidad. Quiebra moral que determinó mi futuro profesional y mi distanciamiento personal con mi entorno más inmediato. Y cuanto más conocía sobre Oriente Medio, más me indignaba el tratamiento que mis colegas de la prensa, de la política y del ámbito académico daban a Israel. Ese pequeñito país democrático, cuna de mi Civilización y razón de mi fe, que sobrevivía a duras penas en un universo fanático y que no encontraba la necesaria paz que necesita un pueblo culto para prosperar. Ese faro de luz en medio de tanta oscuridad sometido con tanto escarnio a la auditoria de unos Organismos Internacionales incapaces de ver la viga en sus ojos y a los flashes de cientos de fotógrafos y cámaras de televisión en busca de un titular impactante. Como si la Paz y la Seguridad del Mundo dependieran de las relaciones de dos vecinos que se miran con recelo pero que se necesitan, y que no son capaces de llegar a un acuerdo por la intromisión permanente de los suegros y los cuñados. Como en las familias. Esos postizos que son los que en realidad joroban los matrimonios y destruyen los sueños y las esperanzas de las personas que han apostado por la convivencia.

Porque, desde el estudio de la Memoria de la Shoa, pasando por la vuelta del ishuv al Hogar de sus ancestros, y la consolidación de éste con la creación del Estado de Israel, el crisol de culturas y el poliedro sobre el que se refleja la sociedad israelí es muchísimo más rico y edificante que la imagen retorcida del soldado y el tanque que vemos todos los días en los medios de comunicación. ¿Es simplemente ignorancia, balanza económica o una envidia histórica maniquea que oculta un antijudaísmo ancestral evolucionado y revestido de antisionismo y negacionismo?

La vida diaria del israelí de a pie, que vive permanentemente bajo la amenaza de la aniquilación cierta, es envidiable. Es envidiable porque, en un entorno agresivo, impresiona su fuerza de superación, su inquebrantable voluntad de vivir creando y no matando, su apuesta por un Estado democrático, por la libertad individual y colectiva, por la cohabitación entre sus tradiciones y costumbres ancestrales con la modernidad de un Estado puntero en Ciencia y en Tecnología, cuyos inventos hoy nos hacen más fácil la vida a todos los habitantes del planeta, incluso a sus enemigos y detractores. Un país que cuenta con las mejores Universidades del mundo, que ha dado más Premios Nobel que toda la Humanidad junta siendo sólo el 1% de ésta... Un país cuya fortaleza está fuertemente consolidada en unos Principios Morales que se resumen en el precepto de que quien salva una vida, salva la Humanidad entera
Hoy por fin, he decidido empezar a escribir en este blogg abierto hace unos años y todavía no editado. Voy a contar la otra realidad de Israel y de Oriente Medio, dando voz a todos los actores que tienen en sus manos una pieza de ese enorme puzzle. Todas son importantes, porque si falta una sola de ellas, el dibujo no está completo. Lo sabemos las mamás, que nos afanamos por rebuscar debajo de los muebles hasta encontrar esa pequeña pieza que dejaría incompleto el juguete favorito de uno de nuestros hijos. 
Quiero que conozcáis mejor el Israel actual, sus Instituciones democráticas, su pluralismo social, su solidaridad interna e internacional, su elevado desarrollo económico, tecnológico y cultural. Sus luces y sus sombras, como cualquier Estado, sus tradiciones, sus relaciones internacionales y, sobre todo, su riqueza humana.

Yo, que no soy judía por religión, tradición, ni origen ni ancestros, pero que no concibo mi fe cristiana sin mi raíz judía, quiero compartir mis conocimientos, mi experiencia y mis emociones sobre un país y una región en el que está cosida mi alma. Por convencimiento moral y por deber ético. Y por gratitud a todas las personas que me recibieron - y lo siguen haciendo - con los brazos abiertos, que regalaron su historia, me brindaron su amistad y cambiaron mi percepción de la vida. Y a los que tengo presente todos los días de mi vida. 
Marta González Isidoro.

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